REPORTE ESPECIAL
![]()
Ernesto Diezmartínez GuzmánXXI FESTIVAL DE CINE DE GUADALAJARA
Por supuesto, no pude –ni quise- ver todo lo que se programó en el XXI Festival Internacional de Cine en Guadalajara, en sus varias secciones (Largometraje Mexicano, Largometraje Iberoamericano, Largometraje Documental, Cortometraje Mexicano, Cortometraje Latinoamericano, Retrospectiva de John Sayles, Homenajes a Pedro Armendáriz hijo y Marisa Paredes, Funciones Especiales, Cine Animado Brasileño, Puntos Cardinales…), pero he aquí, a vuelo de pájaro, algo de lo que vi en el citado Festival.
En cierto momento clave de Sólo Dios Sabe (México-Brasil, 2006), un personaje exclama, señalando a los amantes malitos (que no malditos) Dolores (Alice Braga) y Damián (Diego Luna): “¡Este par cree que está en una telenovela mexicana!”. Qué injusticia: el capítulo estándar de un culebrón nacional dura sólo media hora… con todo y comerciales. En contraste, Sólo Dios Sabe, cuarta cinta del montajista vuelto cineasta Carlos Bolado (Bajo California: el Límite del Tiempo/1998, Promesas/2001) dura casi dos horas y no tiene la virtud de ser interrumpida por algún anuncio de Maestro Limpio. No la vea cuando se estrene: yo ya me sacrifiqué por usted.
El Cielo Dividido (México, 2006), segundo largometraje de Julián Hernández, tiene la gracia de durar ¡140 minutos! El problema no es sólo la duración: la bronca es que, aunque magistralmente realizada, la cinta no hace más que transmitir una idea no demasiado original que digamos: que las relaciones amorosas son difíciles, efímeras, traumáticas y, a veces, y sin que exista contradicción alguna, hasta maravillosas. Claro, Hernández nos lo ejemplifica con un tormentoso triángulo amoroso gay, pero fuera de esa particularidad, podría haber sido todo perfectamente heterosexual y ser igualmente soporífero.En contraste, no hay mucho qué reprocharle al correctísimo documental Invierno en Bagdad (España, 2005), del especialista Javier Corcuera (La Guerrilla de la Memoria, 2002). El problema es que de tan correcto el filme termina por ser casi intrascendente. Aclaro: no es intrascendente lo que nos muestra, pero nada de lo que vemos ahí nos es extraño. Ya lo sabíamos o, en todo caso, ya lo intuíamos. La guerra es mala y destruye vida. Ajá: qué novedad.
Mucho mejor, de lejos, resulta el documental Estado de Miedo: la Verdad Sobre el Terrorismo (Perú-Estados Unidos, 2005), de la también especialista Pamela Yates. El filme resulta ser la fascinante crónica de los 20 años de guerra interna que vivió el Perú, desde el nacimiento de Sendero Luminoso en 1980, hasta la caída de la cleptocracia mediática de Alberto Fujimori y el inicio de la difícil e incompleta transición democrática.
La que parece incompleta, también, es Los Héroes y el Tiempo (México, 2006), un largometraje documental de Arturo Ripstein que más bien parece el borrador para una buena película que el director de Cadena Perpetua no quiso –o de plano ya no puede- hacer. Es una pena, porque la idea –el hacer un estudio de vida de cuatro viejos guerrilleros “regenerados” de los 70- no es nada mala.
Y pasando a otra cosa, ¿qué quiere, qué busca, qué mueve al boxeador y ladrón fracasado “el Marlboro” (Demián Bichir)? Ni él mismo lo sabe. “Me hace falta una pieza del rompecabezas”, le dice a su entrenador/tío/papá-postizo Jesús (Rafael Inclán) el día que sale de la cárcel después de purgar una condena de 5 años. El problema es que si a él le hace falta una pieza, a la película Fuera del Cielo (México, 2006) le hace falta más de una. Otro borrador de una cinta que no se logró: un neo-noir arrabalero y chilango que se quedó en la promesa.
Sin duda, la mejor película mexicana vista en el XXI Festival fue En el Hoyo (México, 2006), segundo largometraje documental de Juan Carlos Rulfo (Del Olvido al No Me Acuerdo, 1997). Ganador en Sundance 2006, En el Hoyo es un cálido acercamiento a media docena de trabajadores del célebre segundo piso del periférico de la Ciudad de México, la magna obra vial que será terminada e inaugurada en unas cuantas semanas, lista para la elección presidencial.
Pero despreocúpese: nada hay de político en el filme de Rulfo –nadie deletrea AMLO y no aparece ni una sola chachalaca-, pues lo que le interesa al cineasta son esos trabajadores que sueñan (“si yo fuera Presidente…”), cabulean (“a todo le hago menos a puto”), confiesan (“sí le pegue a la mujer, pero nomás le partí el labio”), filosofan (“hay que vivir el presente… del mañana no tenemos nada seguro”) y hasta dicen una que otra verdad irrefutable (“a todo se acostumbra uno, menos a trabajar”).
¿Y la peor cinta nacional? Sin duda, Mujer Alabastrina (México, 2006), opera prima de Elisa Salinas y Rafael Gutiérrez (productores telenoveleros de TV Azteca). Se supone que el filme es una suerte de epopeya norteña/femenina, pero es todo lo contrario. Con una trama misógina hasta los tuétanos, las tres mujeres protagonistas son humilladas, sobajadas y aplastadas por todos los machos circundantes. De hecho, queda claro de qué lado están los noveles cineastas cuando el filme casi se desgarra en el momento en el que muere el vejete aduanal encarnado por Héctor Suárez y cuando estira la pata el tío manoseador interpretado por Rafael Inclán.
Por fortuna, en la sección de cine iberoamericano en competencia, pudimos recuperarnos del mal sabor de ver Mujer Alabastrina con La Vida Secreta de las Palabras (España, 2006).El filme, dirigido por Isabel Coixet (Mi Vida Sin Mi, 2003), inicia casi en tono de comedia: la solitaria trabajadora de una fábrica Hanna Amiran (Sarah Polley, impecable) es obligada a tomar un mes de vacaciones, pues el sindicato se ha quejado que ella está dando un mal ejemplo: tiene cuatro años laborando en la planta y nunca ha tenido un solo día de descanso, nunca se ha enfermado, nunca ha llegado tarde. Cuando el gerente le dice que se tome algo de tiempo libre, que vaya a una playa, que se tome una bebida exótica, que haga aeróbic en una piscina, Hanna parece aterrada: ¿de verdad le van a exigir que haga aeróbic?
Ganadora del Goya 2006 a Mejor Película, Mejor Guión y Mejor Dirección, La Vida Secreta… es, sí, una historia de amor (con una bellísima declaración romántica: “aprenderé a nadar”), pero mucho más que una simple historia de amor.
Otra notable cinta española es Los Aires Difíciles (España, 2005), el más reciente largometraje del prolífico y disparejo artesano Gerardo Herrero (Territorio Comanche/1997, El Misterio Galíndez/2002). Sobre la alabada novela homónima de Almudena Grandes, este filme es un logrado melodrama de amores tormentosos, secretos no confesados y pasiones sexuales a la orilla del mar. Una película redonda, decentemente realizada, nunca aburrida con una magnética actuación de Cuca Escribano.
Y seguimos con España. La mejor película iberoamericana vista fue una que no estaba en concurso: Obaba (España-Alemania, 2005), del imprescindible cineasta vasco Montxo Armendáriz (Historias del Kronen/1995, Secretos del Corazón/1997). Basado en un libro de cuentos de Bernardo Atxaga, he aquí la historia de Lourdes (bellísima Pilar López de Ayala), una joven estudiante de cine con cámara de video en ristre, quien llega al pequeño pueblo vasco de Obaba a hacer un ejercicio escolar. La película es una suerte de sugerente metáfora del cine mismo y, en particular, del fascinante mundo visual/dramático de Armendáriz el cineasta.
Pero regresemos al cine mexicano. En específico a Sangre (México-Francia, 2005), ganadora del FIPRESCI en Cannes 2005. Diego (Cirilo Recio Ávila) es un portero de mirada bizca y rostro keatoniano. Está casado en segundas nupcias con Blanca (Laura Saldaña Quintero), una chaparrita pero picosa que le gusta hacer el amor en la cocina o que es capaz de esperar a su “amor” completamente desnuda, tendida en la sala de su pequeña casa. La vida de los dos no podría ser más rutinaria: él es portero en una oficina judicial y tiene como responsabilidad contar cuánta gente entra al edificio; ella, limpia mesas en un sushi. Cuando salen del trabajo se echan frente al televisor, ven la telenovela y ella lo masturba después de decirle que es un cochinote.
¿Hiperrealismo, como han dicho algunos, o impasible comedia del absurdo, como hemos dicho otros? Lo que sea, es una película tan fascinante como irritante, tan inquietante como graciosa. Acaso su última media hora no sostenga el mismo nivel de interés –hay colegas que discutieron conmigo y aseguraron lo contrario: que el desenlace es lo mejor- pero no cabe duda que Escalante hizo una cinta que no puede pasar desapercibida… A menos, claro, que se pertenezca al Comité de Selección del XXI Festival, pues Sangre fue exhibida FUERA DE COMPETENCIA, mientras el churrazo Mujer Alabastrina sí fue parte de la “selección oficial”.
Esa misma suerte corrieron Mezcal (México, 2004), de Ignacio Ortiz, y Las Vueltas del Citrillo (México, 2005) de Felipe Cazals, quienes arrasaron en la pasada entrega del Ariel al ganar, cada una, seis estatuillas. Es cierto, acaso Las Vueltas del Citrillo es muy fallida –sus personajes que parecen remedos rulfianos hablan, hablan y hablan- pero, insisto, hubo otras cintas mucho peores que fueron admitidas en la Sección Oficial.
Este es el caso de Los Pajarracos (México, 2006), de Héctor Hernández y Horacio Rivera, protagonizada por el desatado culichi Miguel Rodarte, muy en su papel. La cinta es un amasijo de puntadas –una que otra genuinamente divertida, sin duda- pero hace falta algo más que el relajo y un reparto carpero (Luis de Alba, Regina Orozco, Charly Valentino, César Bono) para que una comedia funcione.
Tampoco termina por funcionar, en mi opinión, La Niña en la Piedra (México, 2005), de Maryse Sistach y José Buil, tercera parte de una trilogía sobre la violencia adolescente (después de la notable Perfume de Violetas/2001 y la fallida Manos Libres/2005). Con todo y la opinión de un servidor, el jurado pensó otra cosa, pues le dio el Mayahuel a la Mejor Película Mexicana.
En lo personal, me pareció mucho más meritoria La Vida Inmune (México, 2006), tardía opera prima industrial del egresado del CUEC Ramón Cervantes. La cinta es un ambicioso ejercicio estilístico/fantástico sobre una viuda y sus tres hijas desmoronándose en el México echeverrista de mediados de los 70. Creo que Cervantes le debe algo de su moroso tono narrativo a Los Indolentes (1979) del “Perro” Estrada, aunque su cinta no es tan lograda como la del desaparecido cineasta.
Otra opera prima derivativa es la dirigida a cuatro manos por Pablo Solís y Francisca Schweitzer: Paréntesis (Chile, 2005), una slacker-movie en la tradición iniciada por Detrás del Mostrador (Smith, 1994) y continuada hasta nuestros días por filmes como Tiempo de Volver (Braff, 2004). El escenario emocional/generacional es prácticamente el mismo –una juventud en perpetuo desconcierto representada por dos jóvenes chilenos- y, en todo caso, la única novedad es enterarnos que en Santiago de Chile también hace aires… postmodernos.
Una de las cintas iberoamericanas más satisfactorias –y que, de hecho, fue la ganadora del Mayahuel a la Mejor Película Iberoamericana- fue la road-movie brasileña Cine, Aspirinas y Buitres (Cinema, Aspirinas e Urubus, Brasil, 2005), de Marcelo Gómes, una amable película de pareja/dispareja ubicada en el sertón brasileiro de mediados de los 40, en plena Segunda Guerra Mundial. Ojalá se estrene comercialmente en México –o se exhiba en la televisión de paga: mucho más probable- para poder escribir más de ella.
¿Ganadoras? Mayahuel a Mejor Película Iberoamericana: la brasileña Cine, Aspirinas y Buitres (2005), de Marcelo Gómes, exaqueo con la argentina El Custodio (2005), de Rodrigo Moreno, quien también ganó como el galardón a Mejor Guión. La Mejor Dirección fue para la catalana Isabel Coixet por La Vida Secreta de las Palabras (2005), mientras que la Mejor Opera Prima fue la boliviana Lo Más Bonito y los Mejores Años (2006), de Martín Boulocq. En cuanto al Mejor Documental Iberoamericano, no había mucho qué discutir: En el Hoyo (México, 2006), de Juan Carlos Rulfo. No hay una sola objeción a este palmarés.
En cuanto al cine mexicano, la Mejor Película fue La Niña en la Piedra, de Pepe Buil y Maryse Sistach, la Mejor Dirección para Javier Patrón por Fuera del Cielo (2006) y la Mejor Opera Prima para Más Que a Nada en el Mundo (2006), de Andrés León Becker y Javier Solar. Sin comentarios: el cine mexicano está para eso. Para, de plano, ni comentarlo.
REPORTE ESPECIAL
Comentarios: ernesto@cinevertigo.com