REPORTE ESPECIAL


Ernesto Diezmartínez Guzmán

GIRO DE CINE ITALIANO

Sin duda, hay que quejarse de la mala distribución cinematográfica que sufrimos en México pero, también, nobleza obliga, hay que aplaudir las iniciativas que tratan, aunque sea tímidamente, de paliar ese crónico problema cinefílico. Por ello, es de agradecerse que Cinépolis, junto con la distribuidora Nueva Era, hayan organizado el Giro de Cine Italiano en México, con siete cintas contemporáneas provenientes de la bota italiana, que serán exhibidas en 27 ciudades de nuestro país. He aquí una revisión del citado ciclo.

Acaso la mejor película fue Una Vez que Naces (Quando Sei Nato, Non Puoi Piu Nasconderti, Italia-Francia-GB, 2005), la más reciente cinta del ascendente Marco Tullio Giordana, de  quien conocemos la extraordinaria La Meglio Gioventú (2003), inédita comercialmente en México pero vista en la tele de paga y reseñada aquí en la sección El Cine que No Vimos.

 Escrita por el propio Giordana con sus dos coguionistas de La Meglio…, Una Vez que Naces es un agotador melodrama familiar, social y de crecimiento juvenil, que no deja descansar al espectador uno solo de los casi 115 minutos de duración del filme. La trama inicia en la ciudad norteña de Brescia y está centrada en Sandro (notable Matteo Gadola), un niño de 10 años de edad, cuyos padres (Michela Cescon y Alesso Boni, el problemático Mateo de La Meglio…) son los dueños de una fábrica que emplea a decenas de inmigrantes provenientes de todo el mundo.
El primero de los muchos giros inesperados de la historia ocurre cuando su papá lleva de vacaciones a Sandro a cruzar el Mediterráneo en un velero. Mientras su padre y su tío revisan un mapa bajo cubierta, Sandro accidentalmente cae al mar. La desesperación, el llanto y hasta el delirio hacen presa del niño y, de pasada, del público, pues la eficaz fotografía de Roberto Forza -en su tercera colaboración con Giordana- hace que el apacible mar Mediterráneo parezca un azuloso, infinito, infierno. Cuando uno piensa que la cinta se convertirá, entonces, en una crónica de la supervivencia marítima de Sandro, éste es rescatado por un pequeño barco en donde viajan, de ilegales, decenas de inmigrantes africanos, asiáticos y del este europeo. Ahí, Sandro hará migas con dos rumanos: el jovencito Radu (Vlad Alexandru Toma) y su hermanita adolescente Alina (Ester Hazan). Y en ese momento, iniciará otro giro dramático en la cinta.

Usted disculpará la extensa sinopsis, pero créame: ni siquiera he contado la tercera parte de la película. Giordana y sus co-autores guardan muchas más sorpresas argumentales a lo largo del filme, de tal forma que Sandro enfrentará no sólo la difícil realidad inmigrante en el Primer Mundo europeo –ya atisbada por el niño en las calles de Brescia y en la propia fábrica de su papá- sino algo mucho más prosaico y universal: las heridas que provocan el propio crecimiento, la propia maduración. La venda cae de los ojos de Sandro y el mundo que empieza a ver es uno sórdido y deprimente. La película no cierra sino se extingue –acaso el único reproche que puede hacérsele- y esto sucede, acaso, porque termina igual de desconcertada que el propio Sandro.

Pero después de escribir sobre una película tan sólida como Una Vez que Naces, hay que reseñar Un Amor Italiano (L’Amore Ritrovato, Italia-Francia, 2004), el décimo largometraje de Carlo Mazzacurati que, para decirlo amablemente, no es más que un ejercicio académico y más o menos palomero.
La cinta, ubicada a fines de los 30, a punto de iniciar la Segunda Guerra Mundial, muestra el apasionado affaire entre un empleado de banco, Giovanni (Stefano Accorsi), y una manicurista, Maria (Maya Sansa). Los dos son de un pequeño pueblo italiano, Livorno, aunque él vive en una ciudad cercana con su mujer y su hijo y trabaja en el banco del pueblo, mientras ella regresa a Livorno todos los fines de semana. Giovanni y Maria se encuentran en la estación del tren y, de inmediato, continúan una relación que habían iniciado, se entiende, varios años atrás.

Un Amor Italiano es, como dirían los venerables críticos/cineastas de la Nueva Ola Francesa, una auténtica “película de papá”: académica, bien hechecita, no mal actuada, con todos los valores de producción en su sitio, pero fatalmente plana. En lo personal, pude resistir hasta el final porque Accorsi es el perfecto actor para el papel (serio, concentrado, melancólico) y porque Sansa tiene una belleza sencilla y una sonrisa encantadora que te conquistan cada vez que entra a encuadre.
Por lo demás, la trama es elemental (los dos se quieren, él está casado, ella tiene un pasado “pecaminoso”, la guerra empieza, él sigue casado…) y Mazzacurati es un director funcional y nada llamativo.

 Es un poco mejor Romance Criminal (Romanzo Criminale, Italia-Francia-GB, 2005), séptimo largometraje del veterano actor y ocasional cineasta Michele Placido.

 Hasta donde intuyo, la traducción al español de esta cinta tendría que haber sido “Una Novela Criminal” –de hecho, en inglés la película se ha exhibido como A Crime Novel-, pues la historia de la elevación y la caída de un trío de mafiosos italianos, desde los años 70 hasta inicios de los 90, tienen poco que ver con la palabra “romance”. El filme, adaptado de una novela de Giancarlo De Cataldo adaptada por el propio Placido en colaboración con el escritor y los invaluables Sandro Petraglia y Stefano Rulli (guionistas de La Meglio Gioventú/Giordana/2003), está centrado en tres jóvenes delincuentes que, al salir de la correccional por haber robado un auto en su adolescencia, se re-encuentran para planear y ejecutar un secuestro. Con el dinero reunido de ese golpe, el megalomaníaco “Libanés” (Pierfrancesco Favino), el serio Pietro (Kim Rossi Stuart) y el galanesco “Dandy” (Claudio Santamaría) forzarán su entrada a los más altos niveles del crimen organizado en Roma, acaparando la distribución de heroína en las calles de la ciudad eterna. Sin embargo, como bien sabemos los mexicanos, los mafiosos muy pronto estarán luchando entre sí, traicionándose mutuamente, matando o siendo asesinados por tonterías y, peor aún, terminarán como oscuros peones del propio Estado italiano, que los usa para hacer el trabajo sucio que legalmente no puede hacer.

 De hecho, si no fuera porque la historia de este trío de gángsteres se entrelaza provocadoramente con el desarrollo político de la Italia de los 70/80/90 –el secuestro de Aldo Moro, el combate a las Brigadas Rojas, el atentado terrorista de 1980 en Bolonia-, Un Romance Criminal no sería más que un entretenido pastiche scorsesiano, pues las referencias visuales/musicales al cine de mafiosos al estilo americano es evidente: cámara fluida de Luca Bigazzi, con su paleta deslavada en los años 70 y cada vez más colorida en la medida que avanza la historia con derramamiento de sangre incluido; y espléndida banda sonora con música de la época desde Creedence hasta Queen pasando por The Pretenders.

 Es el desnudamiento de los juegos criminales del Estado italiano y su manipulación de la mafia (a veces combate frontal, a veces franca tolerancia) lo que hace extrañamente pertinente esta película en nuestro contexto nacional: ¿cuánto de lo que vemos en Un Romance Criminal no lo hemos visto en las calles de Sinaloa, de Jalisco, de Tamaulipas, de México?

 En cuanto a Viaje a la Victoria (Alla Rivoluzione Sulla Due Cavalli, Italia, 2001), no sé porqué la eligieron para exhibirla en este ciclo. Tal vez la razón sea didáctica: “miren, en Italia también hacemos películas impresentables”. Si eso se quería demostrar, lo lograron con creces.

   París, 1974. Víctor (el actor español Andoni Gracia), un joven exiliado portugués, se entera que ha iniciado en Lisboa la rebelión que habría de terminar con  la más larga dictadura europea del siglo XX –el levantamiento, habrá que recordar, fue llamado la “Revolución de los Claveles”, y derrocaría el régimen militar que gobernó a Portugal durante casi 50 años.

Eufórico por las buenas nuevas, Víctor toma la carretera junto a su amigo italiano Marco (Adriano –hijo de Giancarlo- Giannini en su debut en la pantalla grande) para unirse a los revolucionarios en Lisboa. De paso por Burdeos, Víctor pasa a visitar a su antigua novia ya casada, la guapa francesa Claire (Gwenaëlle Simon) quien, faltaba más, se monta con ellos en el carrito amarillo Citroën 2CV del título original, rumbo a la utopía revolucionaria.

En una de las pausas del viaje, ocasionado por una fuga de aceite, los tres viajeros se paran a reparar el auto en un pueblito español. Marco interroga, impaciente, al “maistro” mecánico quien, harto, le dice que no lo moleste y que se vaya a tomar una cerveza. Este inútil episodio –no agrega nada a la trama- sólo puede servirle al espectador para obedecer el consejo del mecánico de la Madre Patria, salir en ese instante del cine e irse a tomar una chela bien helada. Por desgracia, un servidor es muy celoso de su deber y continué viendo esta ñoña cinta nostálgico-revolucionaria hasta llegar casi al final.

¿La razón?: tenía que ver una de las últimas apariciones de Francisco Rabal en el papel del anciano tío de Víctor. Eso sí: después de escuchar la inolvidable voz rasposa de Don Francisco y volver a ver su rebelde mirada, dejé la sala del cine. Faltaban diez minutos para terminar la película y los tres “revolucionarios” iban llegando a Lisboa. Supongo que llegaron con bien. No me podía interesar menos.

 La que sí me intereso fue La Revancha (La Rivincita di Natale, Italia, 2004), el más reciente largometraje exhibido en México (pues ya ha dirigido otros dos desde entonces) del veterano y muy prolífico maestro Pupi Avati (38 filmes en 36 años), de quien, por cierto, no conocemos casi nada de su obra en este país. (De hecho, hasta donde recuerdo, sólo ha merecido estreno comercial en México La Casa de las Ventanas Malditas/1976, pues otras películas, como El Camino de los Ángeles/1999 se han exhibido en el Festival de Verano de la UNAM y en la televisión cultural).

 La Revancha es la tardía secuela de Regalo di Natale (1986), con los mismos cinco actores que protagonizaron esta cinta. Se trata, pues, de la lógica continuación de aquella alabada trama en la que un jugador de póquer, Franco (Diego Abatantuono), es dejado en la ruina por un avezado rival, el abogado Santellia (Carlo Delle Piane), quien ha comprado a otro de los jugadores, Ugo (Gianni Cavina), para echarle el anzuelo a Franco, obligarlo a que suba la apuesta y arruinarlo en una última y letal mano.

 El tiempo ha pasado -17 años, nada menos- y sabemos desde el inicio que Franco no sólo se ha recuperado financieramente, sino que es, ahora, un exitoso dueño de varias salas de cine. Sin embargo, no ha podido olvidar el fracaso y la humillación sufrida en esa mesa de póquer, así que cuando se entera que otro de los jugadores de aquella legendaria partida, Lele (Alessandro Haber), está a punto de morir de cáncer, decide regresar a Bolonia para reunir a los otro cuatro participantes –incluyendo a su Némesis, el abogado Santellia y a su buen amigo, el homosexual adinerado Stefano (George Eastman)- con el fin de recuperar algo más importante que el dinero birlado: su dignidad.

 No soy jugador de póquer –básicamente porque me horroriza perder dinero, la verdad sea dicha- pero no niego lo emocionante que puede ser el jueguito de marras. Más allá del azar –que vaya que importa- lo fascinante es la lectura psicológica que puede (y debe) hacerse de los rivales si se quiere ser exitoso en una mesa de póquer. Revisar su mirada, sus gestos, su media sonrisa, el sudor que corre por sus sienes, saber cuándo “blofean” y cuándo no… He aquí la clave para vencer en el póquer (¿y en la vida?).

Franco no quiere perder esta vez –ni dinero ni dignidad- y se prepara escrupulosamente para ello. Pero es obvio que también se prepara el abogado Santellia y, además, ¿no tendrán Lele y Ugo su propia agenda? La película, aunque usted no lo crea, es lo suficientemente interesante como para mantener el interés hasta el inesperado desenlace. Y su sensata duración (apenas hora y media) ayuda mucho.

 La más grata sorpresa del Giro Italiano fue La Espectadora (La Spettatrice, Italia, 2004), notable opera prima de Paolo Franchi. Sobre un guión original escrito por el propio cineasta debutante Franchi en colaboración con otros cinco escritores, la cinta nos muestra a una solitaria, silenciosa y enigmática joven llamada Valeria (la bella actriz eslovaca Barbora Bobulova) que, obsesionada por un vecino que ve a través de su ventana, lo sigue de Turín hasta Roma cuando el tipo cambia de empleo. Ya en la ciudad eterna, Valeria entablará amistad con la novia del hombre, una elegante y autosuficiente profesora de Derecho, Flavia (Brigitte Catillon), notablemente mayor en edad que su novio Massimo (Andrea Renzi), el objeto de la extraña obsesión de Valeria.

 ¿Qué es lo que busca esa melancólica muchacha de 26 años de edad al seguir a Massimo y al irrumpir en la vida de Flavia? Predispuesto –aunque uno lo niegue- a esperar el típico thriller y/o melodrama hollywoodense en el cual la joven mujer terminará provocando alguna tragedia entre Massimo y Flavia, el espectador puede sentirse perdido en este complejo estudio de personalidades entrechocando que niega, además, toda resolución dramática simple. Además de lo genuinamente intrigante de la trama, de la fluida dirección del novato Franchi y de su funcional puesta en imágenes, hay que llamar la atención a la belleza de la signorina Bobulova. Tiene la fascinante personalidad de la Juliette Binoche de hace una década, aunque con un rostro más afilado y una mirada –si es que esto es posible- aun más triste. Una auténtica revelación.

 La última cinta revisada fue La Fuga (A Cavallo della Tigre, Italia, 2002), de Carlo Mazzacuratti, el mismo director de la reseñada arriba Un Amor Italiano (2004). La Fuga, hay que decirlo, es un remake de la homónima –en italiano- A Cavallo della Tigre (1961), del especialista Luigi Comencini.

 Para ser francos, no sé si este refrito, dirigido por Mazzacuratti, realmente le debe mucho a la cinta de Comencini –por desgracia, no he visto la película original- pero, en todo caso, el remake apenas se sostiene por la simpatía de su protagonista, Fabrizio Bentivoglio, y la turgente belleza de Paola Corteselli. (Por cierto, después de haber visto siete películas italianas de manera consecutiva y haber gozado de la belleza de sus actrices, no queda más que preguntarse: qué, ¿no hay mujeres feas en Italia?).

 Guido (Bentivoglio), un pobre diablo que trabaja como guardia de seguridad, finge un asalto en donde un Santa Claus lo despoja de más de 200 millones de liras. Como a nadie engaña, Guido es enviado a la cárcel por complicidad, en donde logra sobrevivir sin mayores problemas, esperando el día que se cumpla su sentencia, para ir a disfrutar del dinero con Antonella (Corteselli), su guapísima amante que, disfrazada de Papá Noel, lo “asaltó” llevándose el dinero. Sin embargo, para mala suerte de Guido, el feroz criminal turco “el tigre” (Tuncel Kurtíz, muy en su papel) lo obliga a participar en una fuga, de tal manera que tendrá que andar a salto de mata junto con el peligroso delincuente.

 Comedia más bien sentimental en donde Guido y “el Tigre” entablarán una titubeante amistad en la carretera hasta darse cuenta que son muy similares –los dos cayeron en desgracia por el amor a sus mujeres-, La Fuga no tiene nada de qué avergonzarse aunque tampoco mucho de qué enorgullecerse. Un entretenido palomazo con todas las de la ley… o mejor dicho, fuera de la ley.

 Balance final del primer Giro de Cine Italiano en México: dos películas mayores (Una Vez que Naces y La Espectadora), dos cintas que valieron la pena (La Revancha y Romance Criminal), dos palomazos indoloros (Un Amor Italiano y La Fuga, ambas de Carlo Mazzacuratti) y sólo un churrito: Viaje a la Victoria. No es un mal balance, aunque podría ser mejor. Esperemos que lo sea el año próximo..


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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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